Edward Goodrich Acheson no se propuso cambiar el mundo industrial. Sólo estaba intentando hacer diamantes.

Nacido en Washington, Pensilvania, en 1856, Acheson acabó trabajando para Thomas Edison en los laboratorios de Menlo Park. Ayudó a construir la lámpara incandescente. Incluso viajó a Europa en 1881 para instalar las primeras luces eléctricas de Edison en Italia, Bélgica y Francia. Fue un trabajo impresionante. Pero en 1884, Acheson había dejado el empleo de Edison. Quería dirigir su propio programa.

Comenzó a experimentar con hornos eléctricos. Su objetivo era simple: crear diamantes artificiales. Mezcló arcilla y coque en un cuenco de hierro. Calentó la mezcla usando una luz de arco de carbón. No buscaba joyas. Estaba buscando una manera de replicar la dureza de las gemas naturales mediante la química.

El descubrimiento accidental del carburo de silicio

El experimento no produjo diamantes. Produjo algo completamente distinto.

Se formaron cristales hexagonales brillantes en el electrodo de carbono. Acheson los examinó de cerca. Vio que estaban duros. Vio que eran brillantes. Cometió un error crítico. Supuso que los cristales eran un compuesto de carbono y alúmina de la arcilla.

Estaba equivocado. El material era en realidad carburo de silicio. Pero la identificación errónea condujo a una marca que duraría más que su carrera. Lo llamó Carborundo, un guiño al corindón, que es alúmina fundida. El nombre se quedó. El material no.

En 1893 patentó el proceso. El abrasivo fue muy eficaz. Cortó el acero como si fuera mantequilla. No se desgasta como los abrasivos naturales. Cambió el mecanizado para siempre.

Del error a la innovación del grafito

La historia no termina con lo abrasivo. Se vuelve más extraño.

Acheson estudió los efectos del calor intenso en su nuevo invento. Subió la temperatura. Observó lo que sucedió cuando el silicio se vaporizó. El silicio se fue. Se evapora a unos 4.150°C. Lo que quedó no fue diamante. Ni siquiera era carburo de silicio.

Era carbono grafito.

Accidentalmente había perfeccionado un método para fabricar grafito sintético. Esto no fue sólo una nota al margen. Fue un gran avance industrial. El grafito es esencial para lubricantes, baterías y crisoles. Conduce electricidad. Resiste el calor extremo.

En 1896 recibió una patente para este proceso. Había convertido un experimento fallido con diamantes en dos pilares industriales distintos.

El negocio de la invención

Acheson no se limitó a presentar documentos. Construyó empresas.

Organizó empresas para comercializar sus inventos. La más famosa fue The Carborundum Company en Niagara Falls, Nueva York. Poseía 69 patentes en total. La mayoría de la gente no se da cuenta de cuántos de ellos dieron forma al siglo XX.

Todavía utilizamos carborundo hoy. Está en papel de lija. Está en muelas abrasivas. Está en las herramientas que construyen automóviles, aviones y edificios. El grafito que descubrió por accidente se encuentra en todo, desde las puntas de los lápices hasta los reactores nucleares.

Acheson empezó intentando falsificar una gema. Terminó entregándonos los materiales que hacen posible la maquinaria moderna. Él