La suposición es bastante simple: más pantallas, menos desarrollo saludable. Lo vemos en todas partes. Los padres entran en pánico. Los expertos advierten. Las directrices se vuelven más estrictas. Pero los datos no siempre coinciden con la ansiedad.
Un estudio reciente publicado en JAMA Network Open cuestiona la idea de que el tiempo frente a la pantalla es una causa directa de problemas de desarrollo en los niños. Investigadores de la Universidad de Edimburgo y el Imperial College de Londres observaron a 3.786 niños del grupo Creciendo en Escocia. Hicieron un seguimiento del tiempo que pasaban frente a una pantalla fuera de la escuela a los 5, 10 y 15 años y luego comprobaron el desarrollo psicosocial, que abarcaba la salud emocional, el comportamiento y las habilidades sociales.
Los resultados no fueron los que cabría esperar si sólo hubiera leído titulares que inducen al pánico.
El “cómo” importa más que el “cuánto”
El estudio no encontró una asociación significativa entre el uso general de pantallas y las dificultades de desarrollo en niños de 5 o 10 años. Incluso cuando se analizó el uso temprano de pantallas, el vínculo con mayores dificultades a los 10 años no se mantuvo a los 15 años.
“Nuestros hallazgos sugieren que las pautas de salud pública que se centran únicamente en limitar el uso de pantallas… pueden no reflejar con precisión la compleja relación entre los dos”.
Esto apunta a una distinción crítica. No se trata sólo del reloj. Se trata de lo que hacen los niños en esos dispositivos. Los datos muestran que sólo un uso muy elevado de juegos electrónicos (específicamente a los 15 años) se relacionó con puntuaciones de dificultad más altas. Otras formas de uso de la pantalla, como mirar televisión o navegar, no mostraron la misma correlación negativa.
Los investigadores ajustaron el sexo, la raza, el origen étnico, los ingresos del hogar y las puntuaciones de las pruebas cognitivas para aislar el efecto de las pantallas. Querían saber si el tiempo frente a la pantalla por sí solo impulsaba el resultado. No parecía así.
Un giro sorprendente con las redes sociales
Quizás el hallazgo más contradictorio involucró a los adolescentes. El estudio reveló que los jóvenes de 15 años que usaban aplicaciones de redes sociales durante más de una hora al día tenían menos probabilidades de tener puntuaciones de “dificultades superiores al promedio” en comparación con sus pares que las usaban durante menos de una hora.
¿Por qué? Los autores sugieren que los mensajes y las plataformas sociales podrían fortalecer los vínculos con amigos o brindar apoyo adicional a los adolescentes.
Por supuesto, la correlación no es causalidad. Es muy posible que los adolescentes con mejores habilidades sociales y grupos de amigos más sólidos sean más activos en estas plataformas. El estudio no prueba que las redes sociales solucionen los problemas sociales. Simplemente muestra que el vínculo no es tan negativo como podríamos suponer.
Por qué los límites generales de tiempo frente a la pantalla fracasan
La línea de tiempo del estudio comienza en 2009, dos años después del lanzamiento del iPhone. Un año antes del iPad. Los dispositivos que conocemos hoy apenas estaban entrando en escena. Los teléfonos y las tabletas son infinitamente más omnipresentes ahora. ¿Las cifras más recientes cuentan una historia diferente? Tal vez.
Pero incluso con hardware más antiguo, el mensaje central se mantiene: el tiempo frente a la pantalla es un factor entre muchos.
El psicólogo Pete Etchells de la Universidad de Bath Spa, que no participó en la investigación, señaló que las correlaciones aparentes entre el uso de pantallas y los resultados negativos desaparecen cuando se tienen en cuenta factores de terceros, como el entorno familiar. Las pantallas no existen en el vacío. Se sientan dentro de la complicada y desordenada realidad de la vida de los jóvenes.
Lo que nos falta
Si el tiempo frente a la pantalla no es el villano, ¿cuál es?
El estudio destaca una brecha en nuestros datos actuales. Sabemos cuánto tiempo pasan los niños en los dispositivos. No sabemos qué están haciendo ni con quién están. ¿Es solo? ¿Colaborativo? ¿Pasivo? ¿Activo?
Victoria Whitington, profesora de educación en la Universidad de Adelaida, señala que las investigaciones futuras deben profundizar más. Necesitamos entender si el tiempo frente a la pantalla desplaza otras actividades. ¿El juego excesivo excluye oportunidades de interacción verbal en persona? ¿Juego físico? ¿Tiempo al aire libre en entornos ricos en sentidos sensoriales?
Si el uso de pantallas empuja a los niños fuera de esos otros ámbitos del desarrollo, ahí es donde podría radicar el verdadero daño. No en los píxeles en sí, sino en lo que esos píxeles reemplazan.
El resultado final tiene matices. Los juegos de gran volumen al final de la adolescencia muestran cierto riesgo. Pero los límites amplios de tiempo frente a la pantalla basados en la edad podrían no ser importantes. La relación entre los dispositivos digitales y el desarrollo infantil no es una simple línea descendente. Es complejo, contextual y depende en gran medida del contexto.

























