Pedro A. Sánchez, un científico del suelo pionero cuyo trabajo aumentó drásticamente el rendimiento de los cultivos en los países en desarrollo, falleció el 12 de enero en su casa de Massachusetts. Tenía 85 años y vivía con demencia terminal, según su hija, Jennifer Goebel.

De las raíces cubanas al impacto global

Nacido en Cuba, hijo de un vendedor de fertilizantes, el temprano contacto de Sánchez con la agricultura provocó una dedicación de toda la vida a mejorar la producción de alimentos. Obtuvo su título en agronomía en la Universidad de Cornell y dedicó su carrera a revitalizar suelos empobrecidos en regiones tropicales, áreas donde la inseguridad alimentaria era una realidad diaria para millones.

Extendiendo la Revolución Verde a África

Sánchez jugó un papel fundamental en la adaptación de los éxitos de la Revolución Verde, una transformación agrícola de mediados del siglo XX que triplicó la producción de alimentos en Asia y América Latina, a los desafíos únicos del África subsahariana. Si bien la Revolución Verde tuvo sus críticos (a menudo debido a la dependencia de fertilizantes y pesticidas), Sánchez se centró en métodos sostenibles para mejorar la fertilidad del suelo.

Un legado de mayores rendimientos y autosuficiencia

En 2002, recibió el prestigioso Premio Mundial de la Alimentación (a menudo considerado el equivalente del Nobel en alimentación y agricultura) por su trabajo innovador. El premio citó específicamente sus logros en:

  • Ayudar al Perú a lograr la autosuficiencia en arroz.
  • Transformar una región árida de Brasil, comparable en tamaño a Europa occidental, en tierras agrícolas productivas.
  • Implementar programas en toda África que aumentaron el rendimiento de los cultivos hasta cuatro veces para más de 250.000 pequeños agricultores.

“Al ser pionero en formas de restaurar la fertilidad de algunos de los suelos más pobres y degradados del mundo”, decía la mención del premio, “el Dr. Sánchez ha hecho una contribución importante a la preservación de nuestro delicado ecosistema, al tiempo que ofrece una gran esperanza a todos aquellos que luchan por sobrevivir en tierras marginales de todo el mundo”.

Su trabajo no se trataba sólo de aumentar la producción de alimentos; se trataba de empoderar a las comunidades para que se alimentaran de manera sostenible. Sánchez demostró que incluso las tierras más degradadas pueden ser productivas con la ciencia y la implementación adecuadas. Su muerte marca la pérdida de una figura fundamental en la lucha contra el hambre global, cuyo legado seguirá dando forma a las prácticas agrícolas en los años venideros.

La carrera de Sánchez representa un aspecto vital pero a menudo pasado por alto de la seguridad alimentaria: la importancia fundamental de la salud del suelo para el sustento de las poblaciones. El desafío ahora recae en la próxima generación de científicos agrícolas para aprovechar sus innovaciones y abordar las crecientes presiones del cambio climático y la escasez de recursos.