Retrasar tareas a pesar de saber que te hará daño más adelante: eso es procrastinación. Si bien es una lucha común, especialmente en la edad adulta temprana, una nueva investigación sugiere que disminuye naturalmente a medida que las personas envejecen. Un estudio a largo plazo realizado en Alemania siguió a más de 3.000 graduados de secundaria durante casi dos décadas y reveló que la procrastinación tiende a disminuir con el tiempo. Sin embargo, el estudio también confirma que la procrastinación crónica puede tener efectos negativos duraderos en la carrera, las relaciones y el bienestar general.
Las consecuencias a largo plazo del retraso
Los investigadores descubrieron que los adultos jóvenes que habitualmente procrastinaban enfrentaban desventajas significativas en el futuro. Ingresaron más tarde a la fuerza laboral, recibieron menos ascensos, tenían menos probabilidades de tener relaciones estables o tener hijos, y reportaron una menor satisfacción con la vida. La presión de las consecuencias del mundo real –como la seguridad laboral– parece ser un factor clave para impulsar el cambio.
¿Por qué esto importa? Porque la procrastinación no se trata sólo de pereza; es un patrón que puede descarrilar las trayectorias de la vida. El estudio destaca que los años de formación de la edad adulta temprana son críticos. No abordar la procrastinación durante este período puede tener repercusiones casi dos décadas después.
Por qué la procrastinación cambia con el tiempo
La disminución de la procrastinación con la edad refleja la evolución de los rasgos centrales de la personalidad. Las personas con un alto nivel de escrupulosidad naturalmente procrastinan menos, mientras que aquellas con mayor neuroticismo tienden a retrasarlo más. A medida que las personas maduran, la escrupulosidad generalmente aumenta y el neuroticismo disminuye, lo que lleva a una reducción natural de la procrastinación.
Sin embargo, a diferencia de los rasgos fijos de personalidad, la procrastinación parece más maleable. Los factores externos, como entornos de apoyo o contratiempos personales (como una factura dental elevada), pueden influir significativamente en si alguien rompe el ciclo o continúa rezagándose.
¿Qué se puede hacer?
Los expertos coinciden en que es posible realizar intervenciones para reducir la procrastinación, pero su eficacia a largo plazo sigue sin estar clara. Las estrategias probadas incluyen el establecimiento de objetivos, técnicas de gestión del tiempo, aumentar la motivación y minimizar las distracciones. ¿La conclusión clave? La procrastinación no es un defecto inmutable; es un comportamiento que se puede modificar con esfuerzo.
Si bien el cambio no es automático, el estudio ofrece un mensaje esperanzador: la procrastinación tiende a disminuir con la edad, aunque el proceso requiere un esfuerzo consciente y la voluntad de enfrentar las consecuencias del retraso.
En última instancia, como señala irónicamente un investigador, a veces hace falta una experiencia dolorosa (como una visita al dentista muy retrasada) para acabar con la procrastinación para siempre.



























