MGM no empezó con una explosión. A principios de la década de 1930, mientras Disney producía Mickey Mouse y Warner Bros. construía su imperio Looney Tunes, el departamento de animación de MGM luchaba por encontrar su equilibrio. No tenían personajes de éxito. Sin estrellas. Sólo carretes vacíos y presupuestos caros.

Luego vinieron William Hanna y Joseph Barbera.

Estos dos animadores no se limitaron a crear una caricatura. Crearon una dinámica que definiría generaciones de comedia. Su debut no fue con una tarjeta de título llamativa o una IP famosa. Fue El gato recibe la bota en 1940.

El corto presentó un gato y un ratón. Aún no hay nombres. Sólo instinto.

Al público le encantó.

¿Por qué? Porque no se trataba de una trama. Se trataba de ritmo. Perseguir. Colisión. El lenguaje universal del slapstick.

Tom y Jerry no eran sólo personajes. Fueron un fenómeno. Y MGM, desesperada por una victoria, finalmente la consiguió.

Esta no era sólo otra caricatura más. Fue el momento en que la animación encontró su latido. Y empezó con un gato que no podía atrapar a su presa y un ratón que no dejaba de correr.

“El éxito de Tom y Jerry no fue suerte. Fue el momento oportuno, el talento y muchos ataques fallidos”.

El resto, como dicen, es historia. O más bien, es el comienzo de un legado que perduraría más que los estudios, las épocas e incluso los propios animadores originales.

Pero volvamos al principio. Antes de los nombres. Antes de la fama. Sólo un gato. Un ratón. Y mucho caos.